Wednesday, April 12, 2006

Jade
El domingo me despertó el teléfono a las 9. Era él desde Lima avisándome que llegaba en el vuelo de Lan Perú al mediodía. Yo estaba enojada -muy- porque no me llamaba desde el miércoles. Se lo hice saber respondiéndole con monosilabos cortantes: "ah", "si" "ok". Volví a la cama y por unos segundos pensé en dejarlo plantado en el aeropuerto, pero enseguida llamé a Ezeiza para confirmar la hora de arribo. Me di una ducha lenta, me puse la pollera y la musculosa negra y elegí un único detalle de color: el corpiño de encaje rojo asomando bajo la remera. Un poco de rimmel, brillo en los labios y ya. El pelo lo dejé suelto. Salí temprano porque quería cargar nafta y lavar el auto para que estuviera un poco más presentable. La noche anterior lo había chocado en el garage y me daba bronca darle un motivo para que él se pudiera enojar conmigo. Yo era la que estaba enojada. Dejé a Renata en lo de mi mamá y al final no lavé nada el auto porque había mucho tiempo de espera. Me fui por la autopista, tranquila. Llegué a ezeiza a la 1 y 20. Puntual, pero el vuelo venía con media hora de retraso. Decidí ir a comer algo, no tanto porque tuviera hambre sino para hacer más corta la espera. Una porción de tarta por 10 pesos. Insulsa y carísima tarta. Cuando me faltaba poco para terminar, descubro un pelo enrollado en la masa. Asco. Pero también un poco de regocijo porque no iba a tener que pagar esa horrible tarta. Me quejé, me ofrecieron otra cosa, no acepté, pagué la coca y me fui. Abajo me compré unos caramelos de menta, miré en la pantalla si el avión ya había aterrizado (sí, lo había hecho) y elegí un banco a esperar. Quería ser yo la que lo viera primero. Cuando apareció, con su jean nuevo y la mochila de mi hermano, lo vi buscarme entre la gente y me acerqué. Me reí, me abrazó y así de rápido, sin decirnos nada, el enojo desapareció. Me aspiró el cuello, la cara y el pelo ("tu olor") haciendo ruido con la nariz, tiene esa costumbre. Me extrañaste?, preguntó. Siiiiiii. Mucho. Le conté lo del auto y se lo tomó bien, estaba de buen humor. Lo llevamos a lavar a la estación de servicio que está en el aeropuerto y nos quedamos tomando una coca y una cindor en el 24 horas. Besos, miradas fijas, abrazos, manos por debajo de la pollera. Reconocimiento. Me contó de México, de cómo se le puso la piel de gallina cuando visitó la pirámide del sol y de la lágrima que se le cayó en el templo mayor. Del hotel, del quilombo para conseguir un teléfono, de que casi se queda abajo del avión, de los 42 dólares de multa. "Te traje un regalo. Lo estuve buscando mucho, no sé si te va a gustar", se atajó. De una bolsita sacó un collar de piedras verdes. "Adivina de qué son?". Lo pensé tres segundos, se me cruzó amatista (no sé nada de piedras) pero después la luz, claro. "De jade", respondí.
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Volvemos a lo de mi mamá y ella, que cursa estudios orientales, me cuenta que el jade es una piedra muy importante para los chinos y enumera sus cinco propiedades: no se quiebra, no se astilla, no tiene manchas, es transparente y es pura en su interior.
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